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Escribiendo vivo todas
los pedazos de mí. Soy dulce, soy osada, soy cruel, soy amarga, soy
adulta, soy niña, soy falta, soy satisfecha, soy coraje... soy... soy...
¡Existo!
Viviendo no vivo todos los pedazos de mí.
El ejercicio de vivir entera y compacta cuando escribo, me hace más
intensa para vivir los pedazos activos, y más hueca no viviendo los
inactivos.
¡Vacío de vivir contra el volcán de vivir!
¡Escribir es vivir! Y es un vivir más completo, sin censura. Tal vez por
probar esta vida tan completa al escribir, me siento más necesitada, muy
exigente en el trato con las personas.
El personaje, mi interlocutor, es agente, es participante, me oye y
dialoga conmigo. ¡Reacciona! Las personas ni siempre oyen o reaccionan,
muchas de ellas ni actúan.
¡Odio la omisión, el fingimiento, la disimulación!
Inadaptación...
Me siento, no pocas veces, inadecuada a la vida real.
En realidad las relaciones están cada día más superficiales y egoístas.
¿Dónde está el cambio?
¿Dónde la cumplicidad?
¿Dónde la autenticidad?
¿El espontáneo pidió el jubileo?
¿La fidelidad se murió?
¿La lealdad se trasladó de planeta?
Inadaptación...
En los textos todos son lo que son: cobardes, valientes, desleales,
traicioneros, amigos, apasionados, imbéciles, mediocres, geniales, ¡pero
verdaderos! Sé con quien estoy conviviendo.
Siento que los verdaderos personajes son las personas de carne y hueso,
viviendo papeles de acuerdo con guiones que objetivan el poder.
¡Qué pena esta inversión!
Inadaptación...
Mejor es vivir de la pluma del poeta que del script de la sociedad.
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